El tiempo, en cambio, supo como siempre dirigirme por otros caminos. Me volví afín al Derecho Constitucional, entendí su importancia a la hora de preservar un marco de convivencia en el que los derechos civiles, es decir, la libertad individual materializada en principio constitucional, no sólo eran capaces de ser protegidos por el Estado sino que a la larga iban ampliando su esfera de influencia. ¿Quién lo diría? Un liberal nato fascinado por la Ley Pública por excelencia. Y es que la vida está llena de contradicciones: el más profano de la aldea termina siendo más papista que el Papa sin por ello renunciar a los principios que lo llevaron hasta allí.
Y es por ello que me permito reflexionar sobre la profunda tiranía que supone la insumisión al imperio de la Ley que hoy se ha decretado en el Parlamento de Cataluña. Ya no es por cuestiones relativas a la titularidad de la soberanía nacional, que también, sino de la proclamación del privilegio político por encima del principio de igualdad ante la Ley.
El Poder Judicial puede tener todos los defectos que uno se quiera imaginar: puede ser lento, ineficaz, complicado, politizado o lo que uno quiera. Imaginemos que el Poder Judicial es perverso, que está controlado por el mismo demonio: en este caso, no sería justo que alguien por el mero hecho de ser político debiera escapar de esta perversidad, pues al fin y al cabo todos estamos sometidos a ella, y existen los mecanismos para reformarla en la medida en que uno es capaz de convencer a quienes están bajo su yugo. A esto lo llamamos democracia, y requiere un nivel de trabajo en equipo asombrosamente arduo, pues las grandes cosas precisan de grandes agentes que las lleven a cabo.
En cambio, la tiranía se produce en el momento en que alguien con una gran pasión por combatir la perversidad del sistema se frustra al no lograrlo, y decide prescindir de las mayorías para encaminarse en un camino hacia su gloriosa verdad, a menudo empleando la violencia y en ocasiones, como en esta, la provocación. En realidad da igual que esta provocación esté o no avalada por una mayoría de la población que se dice representar, pues normalmente el tirano decide quién es quien tiene derecho a ser considerado agente de cambio. El buen español, el buen catalán, el buen alemán... Todos estos exordios no tienen más fundamento que sustituir la matemática electoral por populismo barato, que legítima la acción del tirano minoritario frente a la globalidad.
Ejemplo práctico: quien decide sobre esto es el pueblo español, pero yo digo que sea el pueblo catalán, y si la Constitución dice que no pues me "desconecto" de ella. No, que el pueblo catalán tampoco lo ha dicho, entonces utilizo la ley electoral para reinterpretar la voluntad del pueblo catalán, y como estoy desconectado nadie puede decirme nada. El apoyo popular es una cuestión coyuntural, al fin y al cabo, pues la entelequia no es el pueblo sino mi propósito, y si el pueblo no lo admite sabré cómo retorcer su voluntad para imponer yo la mía.
La Ley, como tal, no es más que la expresión de la voluntad popular, o más bien su interpretación por parte de los gobernantes, pero el marco en el que el individuo se rige para su convivencia en armonía. Elegir no cumplirla es una decisión legítima, siempre y cuando se asuman las consecuencias de su incumplimiento. Lo que no vale es pretender evadirlas, pues ello dañaría la igualdad ante la Ley de todos, que es el fundamento de los derechos fundamentales de la persona.
Es entonces cuando la insumisión se convierte en una auténtica tiranía.
En cambio, la tiranía se produce en el momento en que alguien con una gran pasión por combatir la perversidad del sistema se frustra al no lograrlo, y decide prescindir de las mayorías para encaminarse en un camino hacia su gloriosa verdad, a menudo empleando la violencia y en ocasiones, como en esta, la provocación. En realidad da igual que esta provocación esté o no avalada por una mayoría de la población que se dice representar, pues normalmente el tirano decide quién es quien tiene derecho a ser considerado agente de cambio. El buen español, el buen catalán, el buen alemán... Todos estos exordios no tienen más fundamento que sustituir la matemática electoral por populismo barato, que legítima la acción del tirano minoritario frente a la globalidad.
Ejemplo práctico: quien decide sobre esto es el pueblo español, pero yo digo que sea el pueblo catalán, y si la Constitución dice que no pues me "desconecto" de ella. No, que el pueblo catalán tampoco lo ha dicho, entonces utilizo la ley electoral para reinterpretar la voluntad del pueblo catalán, y como estoy desconectado nadie puede decirme nada. El apoyo popular es una cuestión coyuntural, al fin y al cabo, pues la entelequia no es el pueblo sino mi propósito, y si el pueblo no lo admite sabré cómo retorcer su voluntad para imponer yo la mía.
La Ley, como tal, no es más que la expresión de la voluntad popular, o más bien su interpretación por parte de los gobernantes, pero el marco en el que el individuo se rige para su convivencia en armonía. Elegir no cumplirla es una decisión legítima, siempre y cuando se asuman las consecuencias de su incumplimiento. Lo que no vale es pretender evadirlas, pues ello dañaría la igualdad ante la Ley de todos, que es el fundamento de los derechos fundamentales de la persona.
Es entonces cuando la insumisión se convierte en una auténtica tiranía.